El justo punto medio

Con Alejandro Nató, director de Gestión de Conflictos de la Defensorí­a del Pueblo de la Nación Argentina. 

                                                    

El abogado argentino Alejandro Nató dio un curso sobre mediación comunitaria en 2013 a 59 vecinos montevideanos por intermedio de la Defensorí­a del Vecino de Montevideo (DVM). La idea era fortalecer en teorí­a y práctica a quienes cumplen con un rol social en la comunidad cuyo objetivo sea que los conflictos entre vecinos se resuelvan pací­ficamente. Este año Nató también cruzó el charco y capacitó a dirigentes sociales, vecinos y organizaciones para abordar conflictos vecinales, en el marco de un nuevo programa de la DVM, con el apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y el Centro Latinoamericano de Economí­a Humana, que diplomó a los 27 participantes. La mediación comunitaria, según Nató, tiene como objetivo generar un espacio de encuentro dialógico entre las personas que enfrentan situaciones problemáticas para alcanzar una solución. Es un proceso voluntario y gratuito que es mediado por una persona imparcial que no impone un juicio, sino que ayuda a las partes enfrentadas a llegar a un acuerdo. El experto en mediación asegura que en Uruguay se tiene conciencia y conocimiento de la realidad local y prevalece la convivencia por sobre la coexistencia, y nos explica por qué.

-¿Cuál es el rol y el perfil de los mediadores comunitarios?

-Son vecinos formados para poder atender los conflictos del vecindario. Tienen la caracterí­stica de tener compromiso social y forman parte de un voluntariado. Una de las premisas es que sean flexibles, no autoritarios. La persona también tiene que haber cumplido ya alguna función en la comunidad, que le haya permitido conocer el contexto y tener cierto grado de sensibilidad para generar mayor grado de empatí­a con los vecinos y, al mismo tiempo, conocer lo que está haciendo, el marco en el que se está moviendo. Noté que los vecinos que han venido a capacitarse tienen un grado de conocimiento muy profundo de la realidad polí­tica y social local, y que muchos tienen experiencia en las Mesas Locales [para la Convivencia y Seguridad Ciudadana].

-¿Qué se está haciendo en Uruguay?

-Vamos a instrumentar un sistema por el que los vecinos se ponen a disposición como mediadores en los conflictos de Montevideo. Estamos involucrando a los alcaldes, para entender que es una tarea en común. Nos proponemos promocionar, difundir y disponer de espacios para que los vecinos puedan llevar adelante sus prácticas de mediación en los diferentes municipios. La idea es generar un enfoque dialógico y una serie de herramientas para intervenir en campos sociales urbanos. Se requieren conocimientos sobre cómo se administra el espacio público, qué implica el ví­nculo entre la ciudadaní­a, la polí­tica y el actor polí­tico, y la polí­tica pública. Hay conflictos que requieren un análisis profundo y una planificación estratégica de su abordaje. Para eso hemos capacitado a estos vecinos: para tener ese grado de ojo clí­nico, saber qué tipo de abordaje se necesita para llevar adelante una acción sin daño y teniendo en cuenta que se va a producir en el campo social urbano, en el espacio público, la articulación, la coordinación de acciones.

-En su momento usted habló de los €œsistemas de alerta temprana€ como método de identificación de los conflictos. ¿En qué consisten y cuál es la función del mediador en estos sistemas?

-Los conflictos son un hierro incandescente que nadie quiere agarrar. Especialmente los públicos. Hay una primera etapa, de efervescencia, de latencia y emergencia, en la que aparecen los primeros sí­ntomas, y luego escala. Si nosotros tomamos los conflictos cuando aparecen esos primeros sí­ntomas, podemos trabajar mucho mejor, se les puede dar voz a los que no tienen, recuperar la memoria histórica colectiva, generar una revinculación entre actores. En cambio, cuando ya está en escalada hay una nueva lógica y dinámica de relacionamiento que hace que muchas veces cueste mucho lograr una actitud dialógica. La pregunta clave es cómo generar el clima propicio para que el diálogo sea una oportunidad. Los conflictos entre vecinos por humedad, ruidos molestos, basura, aguas vertidas contaminantes y medianeras son conflictos de la vida cotidiana, que a veces tienen una raí­z cultural muy fuerte. Trabajar la cultura no es sencillo. Tiene que ver con la identidad, cuestiones históricas que hacen que muchos no estén predispuestos a tocar esos valores fundamentales. Para todo eso se ha capacitado a estos vecinos, que verdaderamente han transitado un camino de práctica y teorí­a largo, como para poder tener hoy los elementos suficientes e intervenir.

-¿Dónde está parado Uruguay en el abordaje de conflictos?

-Uruguay tiene la caracterí­stica de tener mucha conciencia en cuanto a la participación ciudadana, que sufre de un mal endémico: participan los que tienen tiempo y las corporaciones. Pero aquí­ hay una práctica polí­tica y un grado de politización social que hacen que lo local sea un ámbito de acción. El hecho de tener un sistema de descentralización, sumado a la exigencia por parte de los ciudadanos de polí­ticas públicas, hace que el grado de conocimiento, interés, participación e involucramiento de los vecinos y actores sociales sea un poco mayor que en otros lugares de Latinoamérica. Eso hace que, por ejemplo, en comparación con Argentina, esta sociedad tenga menos segregación social espacial. En el mundo cada vez se está segmentando más el espacio social urbano, hay más guetización. No quiere decir que en Uruguay no la haya. En algunos paí­ses el boom inmobiliario hace los sectores que menos tienen se desplacen hacia la periferia; acá ya hay un asentamiento histórico de muchos sectores que se entremezclan, se cruzan y tienen mucho mayor interacción entre sí­. Hay un mayor grado de convivencia que de coexistencia en relación con lo que ocurre en Argentina, Chile, Brasil y otros lugares. A mi modo de ver, en Uruguay la convivencia es un valor.

-Coexistencia versus convivencia. ¿En qué situaciones se explicita?

-Aquí­ hay plazas públicas que se han transformado en espacios comunes de integración social, mientras que en otros lugares eso no ocurre. Estuve en la plaza Luisa Cuesta, en el Municipio F; ése es, verdaderamente, un lugar de integración. La plaza Liber Seregni, que era un descampado, termina siendo un lugar de apropiación recí­proco por parte de los pobladores. Eso es hacer ciudad, un modo de concebir el espacio público como integrador. Buenos Aires tiene todos los espacios públicos enrejados. Las rejas [representan] el malestar personal, hay un consenso de la población basado en el €˜cuidame la plaza; por eso, enrejame la plaza€™. El cuidado, en vez de ser una acción de apropiación recí­proca por la que todos lo vean como un valor común, termina siendo una exigencia a la comuna para que tome un rol de protectora de unos respecto de los otros. Una reja es un muro; un muro es una frontera que separa, un impeditivo. El muro te transforma un no lugar en un lugar. Aquí­ todaví­a se piensa la ciudad en función de la integración social, un producto urbano que termina siendo un valor de conciencia, de participación. Ahora, si el rico no quiere ir a la plaza porque le gusta guetizarse, bueno, pasa en todos los lugares del mundo. Hay personas que no quieren toparse -sí­, toparse- con la otredad, con la alteridad, porque no quieren ver, les molesta, y al mismo tiempo creen que no tener ví­nculos sociales con aquellos que son de otro lugar social, de otro estrato, es una estrategia de distinción. Montevideo tiene un corte social, pero es de menor amplitud que los que hay en otros lugares.

-Este gobierno instauró el Diálogo Social, una especie de canal entre la sociedad y el gobierno, que tiene como objetivo lograr acuerdos para generar polí­ticas estatales. No es una mediación, pero sí­ un canal dialógico. ¿Cómo se lee la iniciativa desde el exterior?

-Es un avance tener el diálogo como constructo, es muy valorable desde el punto de vista polí­tico. El diálogo, en las lógicas de construcción del poder, no es un producto muy apetecible, especialmente porque muchas veces, desde el poder, se lo ve como una debilidad. Aquí­ hay y habrá polí­ticas públicas que son coconstruidas, y eso no es frecuente en Latinoamérica. La revalorización del diálogo como un valor, como constructo social, es impotantí­sima.

Publicado por: La Diaria (República Argentina) el 28 de diciembre del 2015

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